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Barenziah real, cuarto volumen Anónimo

yoaki1989 @ 14:04


"He perdido todo cuanto tenía" pensaba Barenziah con desaliento, mirando a los caballeros que la escoltaban y a la chófer que la acompañaba en un carro. "Con todo, he obtenido riqueza y poder y la promesa de mayor lucro. Y bien caro que me ha costado. Ahora entiendo la querencia de Tiber Septim por estos bienes si tanto ha tenido que pagar, pues seguramente su valía se mide por el precio que abonamos." Por deseo expreso, montaba una reluciente yegua ruana, revestida cual guerrero con cota de malla de factura elfa.

 

Los días pasaban lentamente y la comitiva avanzaba por la sinuosa carretera camino a poniente, entre las pronunciadas cordilleras de Morrowind que iban erigiéndose poco a poco. El aire era puro y el frío viento de las postrimerías del otoño no cesaba de soplar, mas también traía el aroma intenso y dulzón de la rosa negra. Flor tardía y típica de Morrowind, crece en todo recoveco y grieta umbría de sus montañas y se nutre incluso en los bancos y resaltes más rocosos. En aldeas y ciudades pequeñas, harapientos elfos oscuros se agolpaban en los caminos para jalearla o verla pasar, boquiabiertos. La mayoría de su escolta estaba compuesta por guardas rojos, con algunos elfos supremos, nórdicos y bretones. Conforme se adentraban en Morrowind, parecían más incómodos y se organizaban en formación defensiva. Incluso los caballeros elfos parecían más cautelosos.

 


Pero Barenziah se sentía, por fin, en su tierra y se sentía acogida por todo el país, su país.

 

***

 

Symmachus la recibió en la frontera de Mournhold con una escolta de caballeros, de los que la mitad eran elfos oscuros. Venía ataviado con el traje imperial de batalla, observó.

 

Se celebró un magnífico desfile a la entrada de la ciudad, con discursos de bienvenida de los máximos dignatarios.

 

"Te he hecho acondicionar los apartamentos regios," dijo el general al llegar a palacio, "pero puedes cambiar cualquier cosa que no te guste, claro está." Fue desgranando detalles de la coronación, que habría de celebrarse a una semana vista. Era el mismo de siempre, con su estilo imperativo, aunque percibió algo más. Parecía ansioso por que aprobase los trámites y de hecho la incitaba a que diese su consentimiento. Toda una novedad, pues era la primera vez que requería sus encomios.

 

Nada le inquirió sobre su estancia en la ciudad imperial, ni de su relación con Tiber Septim, aunque Barenziah estaba segura de que Drelliane se lo había contado, o de que ya le habría puesto al tanto por escrito y detalladamente.

 

La ceremonia misma, como tantas otras cosas, fue una mezcla de lo viejo y de lo nuevo: había elementos de la antigua tradición de los elfos oscuros de Mournhold y otros aspectos venían impuestos por decreto imperial. Juró servir al imperio y a Tiber Septim, así como a Mournhold y sus gentes. Aceptó los juramentos de fidelidad y adhesión del pueblo, los nobles y el consejo. Este último estaba compuesto por emisarios imperiales ("consejeros" les llamaban) y representantes nativos del pueblo de Mournhold, que eran sobre todo ancianos conforme a la costumbre elfa.

 

Más adelante, Barenziah dedicaría incontables horas a reconciliar estas dos facciones y sus compinches. De los ancianos se esperaba que se reconciliasen, a la vista de las reformas introducidas por el imperio relativas a la propiedad de la tierra y la agricultura de superficie. Pero la mayoría de estos cambios iban contra la tradición de los elfos oscuros. Tiber Septim, "en nombre del Único", implantó nuevas tradiciones, que hasta los mismos dioses y diosas habrían de respetar.

 

La nueva reina se dedicó de lleno a su labor de gobierno y a sus estudios. Había tenido amor y hombres para un buen rato, si no para siempre. Como pudo averiguar, en la vida había esos otros placeres que ya le anticipó Symmachus: los que reportan el espíritu y el poder. Demostró (sorprendentemente, pues siempre se rebeló contra sus mentores en la ciudad imperial), un profundo interés por la historia y la mitología de los elfos oscuros y una gran sed de conocimiento del pueblo del que venía. Descubrió, con agrado, que desde la noche de los tiempos la suya había sido una nación guerrera y orgullosa, de diestros artesanos y hábiles magos.

 

Tiber Septim vivió medio siglo más, durante el que ambos se vieron en las varias ocasiones en que la convocaban a la ciudad imperial por una u otra razón de estado. La recibía afectuosamente, e incluso tenían largas conversaciones sobre lo que pasaba en el imperio cuando la ocasión lo permitía. Parecía haber olvidado del todo esa relación que antaño hubo y que iba más allá de la simple amistad y la estrecha colaboración política del presente. Poco había cambiado con los años. Se rumoreaba que sus magos le reanimaban con sus encantos y que incluso el Único le había concedido el don de la inmortalidad. Un buen día, un mensajero vino con la nueva de que Tiber Septim había muerto y que su nieto Pelagius era el nuevo emperador.

 

Barenziah recibió la noticia en privado, junto a Symmachus. El que fuera general imperial y ahora primer ministro de confianza reaccionó estoicamente, como solía hacer siempre.

 

"Me parece increíble," dijo Barenziah.

 

"Ya te dije que los humanos son así: perecederos. Lo que importa es que su poder permanece y es su descendiente quien ahora lo ejerce."

 

"Era amigo tuyo, ¿no te da pena que se haya muerto?"

 

Symmachus se encogió de hombros. "Hubo una época en la que para ti era algo más. ¿Cómo te sientes, Barenziah?" hacía tiempo que en privado ya no se trataban por sus títulos.

 

"Vacía y sola," dijo y también se encogió de hombros. "Es lo único que cambia."

 

“Ya me imagino" dijo él delicadamente, cogiéndole la mano. "Barenziah…" Le giró la cara y la besó.

 

El gesto la llenó de asombro. No recordaba que la hubiera tocado antes, ni se había planteado tal contacto, pero no podía negar que un viejo ardor familiar le recorrió todo el cuerpo. Ya había olvidado ese ardor tan placentero. No era esa quemazón abrasadora que sintiera con Tiber Septim, sino el reconfortante, intenso calor que, de algún modo, relacionaba con Straw. Straw, pobre de él. Hacía tanto que no lo recordaba. A estas alturas, debía ser de edad media, si aún estaba vivo. Quizás ya tendría más de diez hijos, pensó afectuosamente y una alegre esposa que ojala hablase por dos.

 

"Cásate conmigo, Barenziah," dijo Symmachus, que pareció adivinar que estaba pensando en bodas, hijos y esposas. "He trabajado mucho y esperado lo suficiente."

 

El matrimonio. Un campesino con aspiraciones propias de campesino. La idea se presentó, clara y espontáneamente. ¿No había pensado lo mismo para describir a Straw, tanto tiempo ha? ¿Y por qué no? Y si no era con Symmachus, ¿con quién?

 

La mayoría de las grandes familias nobles de Morrowind había sido borrada de la faz de la tierra durante la gran guerra de unificación de Tiber Septim, antes del tratado. Los elfos oscuros regían de nuevo sus propios destinos, pero la auténtica nobleza era cosa del pasado. Los nuevos aristócratas eran advenedizos como Symmachus, pero no podían compararse a él ni en calidad ni en merecimientos. Luchó para mantener Mournhold unido y si no hubiera sido por él, supuestos consejeros habrían recogido sus despojos y los habrían vendido como pasó con Ebonheart. Luchó por Mournhold y por ella, mientras ella y el reino crecían y alcanzaban su esplendor. Sintió una súbita gratitud y, sin duda, afecto. Symmachus era perseverante y fiable, había estado a su servicio y, además, la quería.

 

"¿Por qué no?" respondió sonriendo, le cogió la mano y le besó.

 

***

 

La unión fue fructífera, tanto en lo político como en los aspectos personales. Si bien el nieto de Tiber Septim y emperador Pelagius I no podía mirarla bien, su confianza en la amiga de su antecesor era absoluta.

 

Symmachus, sin embargo, despertaba suspicacias entre los oriundos más contumaces de Morrowind, reacios a aceptar su origen rural y sus estrechos lazos con el imperio. Pero la reina contaba con el afecto incondicional del pueblo. "Barenziah es una de los nuestros," se decía "la tenían presa como a nosotros."

 

Barenziah estaba satisfecha. Había trabajo y diversión, ¿qué más puede pedirle uno a la vida?

 

Pasaron los años rápidamente, con crisis que había que superar, tormentas y hambrunas que afrontar, conspiraciones que batir y traidores a los que ejecutar. Mournhold no dejaba de prosperar. Su gente estaba segura y bien alimentada y sus minas y granjas eran productivas. Todo iba bien, salvo que el matrimonio real aún seguía sin descendencia.

 

Los hijos de los elfos se hacen esperar y los de los nobles, más que los del resto. Pasaron décadas antes de que comenzaran a preocuparse.

 

"Yo tengo la culpa, Symmachus. Me eché a perder" dijo Barenziah amargamente. "Si quieres buscarte a otra…"

 

"No, ni quiero buscarme a otra," dijo Symmachus suavemente, "ni tengo tan claro que la culpa la tengas tú. Quizás sea yo, pero sea lo que sea, buscaremos la cura. Si ha habido algún daño, seguramente podrá sanarse."

 

"¿Cómo? ¿Cuándo nos atrevemos a no confiar a nadie el relato real de las cosas? Los juramentos de los curanderos no siempre se cumplen."

 

"No importa si modificamos ligeramente el tiempo y las circunstancias. Digamos lo que digamos o dejemos de decir, Jephre el Narrador nunca descansa. La inventiva y la lengua ágil de los dioses no tardan en propagar chismes y rumores."

 

Los sacerdotes, curanderos y magos vienen y van, pero sus rezos, pociones y filtros no traen promesa ni fruto alguno. Al final, ingenian dicho fruto y lo dejan en manos de los dioses. Aún eran jóvenes, como son los elfos, con siglos de vida por delante. Había tiempo, porque los elfos siempre tienen tiempo.

 

Barenziah estaba cenando en el salón de palacio, mareando la comida en el plato aburrida y desesperada. Symmachus no estaba, pues lo había convocado a la ciudad imperial el tataranieto de Tiber Septim, Uriel Septim. ¿O era su tataratataranieto? Ya había perdido la cuenta. El recuerdo de sus rostros parecía confundirse. Quizás debía haberle acompañado, pero había una delegación de Tear que venía a abordar un cansino asunto que no obstante requería especial delicadeza.

 

Un bardo cantaba en un alfeizar del salón, sin que Barenziah le prestase atención. Todas las canciones le parecían iguales, daba lo mismo si eran nuevas o antiguas. Entonces se fijo en un verso. Cantaba a la libertad, a las aventuras, a la liberación del yugo que sometía a Morrowind. ¡Cómo se atrevía! Barenziah se incorporó y le miró directamente. Es más, se dio cuenta de que aquel cantar narraba una guerra antigua y olvidada con los nórdicos de Skyrim, en el que se elogiaba el valor de los reyes Edward y Moraelyn y el de sus bravos aliados. El relato era muy antiguo, ciertamente, pero la canción sonaba actual y Barenziah no tenía muy claro su significado.

 

El bardo era un poeta audaz con un vozarrón apasionado y buen oído. Algo apuesto también y con un toque canalla. No parecía andar sobrado de dineros, ni tampoco demasiado joven. Seguro que no tenía menos de cien años. ¿Por qué no le había oído antes, o por lo menos oído hablar de él?

 

"¿Quién es?" inquirió a una camarera.

 

La mujer se encogió de hombros y le dijo, "se llama Ruiseñor, Milady. Nadie sabe nada de él."

 

"Dile que venga a hablar conmigo cuando acabe."

 

El que se hacía llamar Ruiseñor acudió ante ella, le agradeció el honor que se le concedía con dicha audiencia real y la repleta faltriquera con que la reina le obsequió. La reina observó que sus maneras no eran tan audaces, sino más bien tranquilas y discretas. Poco le costó contar rumores sobre otros, pero no logró aprender nada de él, pues desviaba la atención con respuestas jocosas o relatos picarescos, mas replicaba con tal gracia que era imposible ofenderse con él.

 

¿Que cómo me llamo de verdad? Milady, yo no soy nadie. A ver, si mis padres fueron Don Nadie y Doña Mosquita Muerta, ¿qué nombre pudieron darme? ¿Acaso importa? Pues no, no importa. ¿Cómo van los padres a ponerle nombre a quien aún no conocen? ¡Ah! Me parece que me llamaba Johnny Dea. Tanto hace que soy Ruiseñor que ya no me acuerdo, desde el mes pasado o... ¿fue la semana pasada? Si es que, entre tonadas y cuentos, se me gasta toda la memoria, Milady. Apenas si me queda memoria alguna para mí mismo. La verdad es que soy bastante aburrido. ¿Dónde nací? Pues en Tulania. Algún día dejaré de vagar por este vaga-mundo, pero no tengo ninguna prisa."

 

"Ya veo. ¿Y entonces te casarás con Montse Gura?"

 

"Muy aguda, Milady. Quizás, Aunque Consuelo Fugaz es a veces encantadora."

 

“Ah... Se ve que eres bien inconstante."

 

"Como el viento, Milady. Soplo aquí y allá, cálido o gélido, según convenga y la conveniencia es mi coartada. Nada me conviene más."

 

Barenziah sonrió. "Quédate un rato más, enano Mada."

 

"Como deseéis, mi dama Gnífica."

 

***

 

Después del breve encuentro, Barenziah vio como volvía a sentir la chispa de la vida. Todo lo que hasta ahora parecía ajado, ahora era nuevo y fresco. Despertaba cada día entusiasmada y ansiaba conversar con Ruiseñor y escuchar sus canciones. A diferencia de otros bardos, nunca la alabó, ni a ella ni a otras mujeres, sino que narraba arriesgadas aventuras y gestas audaces.

 

Cuando le preguntaba por él, respondía "¿qué mayor alabanza a vuestra belleza podéis esperar, Milady, que el reflejo de vuestro propio espejo? Y si palabras necesitáis, tenéis las de los más grandes, las de aquellos que me superan en madurez, pues ¿cómo competir con ellos, yo que soy un imberbe?"

 

Por fin hablaban en privado. La reina, incapaz dormir, lo convocaba a su habitación para encontrar solaz en su música. "Eres perezoso y cobarde; voy a tener que ir perdiéndote afecto."

 

"Milady, para elogiaros debo conoceros. Jamás llegaré a conoceros. Sois todo un misterio oculto tras nubes de encantamiento."

 

"No, no tanto. Son tus palabras las que encantan. Tus palabras… y tus ojos. Y tu cuerpo. Conóceme si quieres y si te atreves."

 

Entonces se acercó a ella y, recostados, se besaron y abrazaron. "Si Barenziah misma no se conoce bien", susurró suavemente, "¿cómo voy yo a conocerla? Milady, vais buscando sin saberlo y sin saber qué. ¿Qué quieres tener que no tienes?"

 

"La pasión" contestó la reina. "Pasión y los hijos surgidos de esa pasión."

 

"Y para vuestros hijos, ¿qué anheláis? ¿Qué derechos de nacimiento les corresponderían?"

 

"La libertad" dijo, "la libertad de ser lo que hayan de ser. Dime, tú que eres el más sabio a mis ojos y mis oídos y el alma que llevan dentro. ¿Dónde encontrar tales dones?"

 

"Una yace a vuestro lado y la otra, debajo de vos. ¿Pero os atreveríais a buscar directamente lo que podría ser vuestro y de sus hijos?"

 

"Symmachus…"

 

"En mi persona se oculta la respuesta a parte de lo que buscáis. La otra yace oculta bajo nosotros, en las mismísimas minas del reino; nos permitirá cumplir nuestros sueños. Como el de que Edward y Moraelyn liberasen Roca Alta y sus espíritus del abyecto yugo nórdico. Si se utiliza adecuadamente, Milady, nada podrá haceros frente, ni siguiera el poder que domina el emperador. ¿Libertad, dice? Barenziah, os dará libertad de las cadenas que os atan. Pensadlo, Milady." La besó de nuevo, levemente y se retiró.

 

"¿Te vas?" gritó la reina. Su cuerpo lo anhelaba.

 

"Por el momento, sí" dijo. "Los placeres carnales no son nada en comparación con lo que podemos lograr juntos. Recapitulad lo que acabo de decir."

 

"No tengo que pensar. ¿Qué tenemos que hacer? ¿Qué preparativos hay que emprender?"

 

"Ninguno: es cierto que a las minas no se accede públicamente, pero con la reina de mi parte, ¿quién se interpondrá? Una vez allá abajo puedo dirigiros adonde se encuentra el objeto de nuestra búsqueda y sacarlo del lugar en el que reposa."

 

El recuerdo de sus infinitas horas de estudio hizo cuadrar las cosas. "El cuerno de la invocación," susurró atemorizada. "¿Será verdad? ¿Es posible...?¿Y cómo lo sabes? He leído que está enterrado bajo las inmensas cavernas de Daggerfall."

 

"Mucho he estudiado al respecto. Antes de que muriera el rey Edward, le dio el cuerno a su viejo amigo el rey Moraelyn para que velase por él. Éste lo guardó en secreto en Mournhold bajo la tutela del dios Ephen, que tiene aquí su lugar de nacimiento y dominios. Ahora sabéis lo que tantos años y millas me ha costado hallar."

 

¿Y qué pasa con el dios Ephen?"

 

"Confiad en mí, querida Milady. Todo saldrá bien." Riendo ligeramente, le sopló un beso al aire y se fue.

 

***

 

Al día siguiente, dejaron atrás los guardas apostados en los portones que llevaban a las minas y más abajo. Bajo la apariencia de una inspección, Barenziah, acompañada únicamente por Ruiseñor, se aventuró en una caverna tras otra. Al final llegaron a lo que parecía un umbral sellado y al entrar se encontraron con que llevaba a un tramo en desuso de las minas. El camino era trabajoso, pues algunos pilares, envejecidos, se habían derrumbado y tuvieron que despejar el paso de escombros o sortear montones de cascotes infranqueables. Fieras ratas y arañas enormes merodeaban por doquier y a veces les atacaban. Pero nada pudieron con las llamaradas mágicas de Barenziah ni con la veloz daga de Ruiseñor.

 

"Llevamos recorrido un buen trecho", dijo Barenziah finalmente. "Nos buscarán. ¿Qué habré de decirles?"

 

"Lo que queráis" dijo riendo Ruiseñor. "¿Acaso no sois reina?" 

 

“Lord Symmachus...”

 

"Ese campesino obedecerá a quienquiera que mande. Siempre lo hecho y no va a dejar de hacerlo ahora. El poder lo ostentaremos nosotros, querida Milady." Sus labios tenían el sabor del más dulce de los vinos y su tacto era de fuego y hielo a la vez.

 

"Hazme tuya" dijo Barenziah "aquí mismo. Estoy lista." Su cuerpo vacilaba, con todos los nervios y músculos en tensión.

 

"Todavía no: ni podemos hacerlo aquí, ni así" dijo señalando a los escombros polvorientos y oscuras paredes rocosas. "Esperad un momento." Renuente, Barenziah cabeceó asintiendo. Prosiguieron su marcha.

 

"Aquí," dijo al final, deteniéndose brevemente ante de una barrera sin mayores indicaciones. "Aquí está." Rasgó una runa polvorienta, mientras que con la otra hacía un encantamiento.

 

La pared se desmoronó, dejando a la vista una entrada a una antigua capilla. En medio, había la estatua de un Dios con un martillo y un yunque.

 

"¡Ephen, yo te invoco por mi sangre!" gritó Ruiseñor. "Soy el heredero de Moraelyn de Ebonheart, el último de esta descendencia regia y llevo en mis venas tu sangre. ¡En estos tiempos de tribulaciones para Morrowind, cuando todos los elfos corren peligro en cuerpo y alma, dame el premio que atesoras! ¡Ahora te invoco para que golpees el yunque!" 

 

Al concluir su invocación, la estatua brilló intensamente y se puso en movimiento, con los ojos de piedra en blanco tornándose de un rojo brillante. La inmensa testa cabeceó y tan violento fue el martillazo sobre el yunque que lo partió con un clamoroso estruendo y el mismo tótem pétreo se desmenuzó. Barenziah se tapó las orejas y se agachó, temblando de la cabeza a los pies y gimiendo ruidosamente.

 

A zancadas, Ruiseñor se adelantó audazmente y se hizo con el objeto que yacía entre los escombros gritando de la emoción para levantarlo.

 

"¡Alguien viene!" avisó Barenziah, que se acababa de dar cuenta de que su compañero alzaba su trofeo. "Espera, ¡eso es un báculo, no un cuerno!"

 

"Por supuesto, Milady. ¡Al final os habéis dado cuenta!" dijo riendo Ruiseñor sonoramente. "Lo siento, dulce Milady, pero he de dejaros. Quizás nos volvamos a ver algún día. Hasta entonces… Ah, Symmachus" dijo dirigiéndose a la figura ataviada con una cota de malla que acababa de hacer acto de presencia tras ellos "es toda vuestra. Ya se la puede quedar."

 

"¡No!" gritó Barenziah. Ella saltó y corrió hacia él, pero él ya se había ido. Desapareció en un instante, con la misma celeridad con la que Symmachus, espada en ristre, descendió hasta alcanzarla. Dio un sablazo en el aire y se quedó en donde antes se erigiera el Dios de piedra, como ocupando su puesto.

 

Barenziah se sumió en el silencio: nada oía y nada veía y menos aún sentía...

 

***

 

Symmachus relató a los cinco o seis elfos que le habían acompañado que Ruiseñor y la reina Barenziah se habían perdido por el camino y que habían sido atacados por arañas gigantes. Ruiseñor perdió el equilibrio y cayó por una profunda grieta, que se cerró sobre él y que hacía imposible recuperar su cadáver. El lance había conmovido gravemente a la reina, que lamentaba profundamente la pérdida de su amigo, perecido en su defensa. Tal era el ánimo y capacidad de mando de Symmachus, que los caballeros bien simplones (que no vieron lo que pasó más que de refilón) estaban convencidos de que todo fue tal y como él lo contó.

 

La escoltaron de vuelta al palacio y fue conducida a sus aposentos, en donde dio orden a sus sirvientes de que se retirasen. Se quedó quieta, sentada ante el espejo un buen rato, atontada; la consternación le cortaba el llanto. Symmachus la miraba a sus espaldas.

 

"¿Tienes idea de lo que acabas de hacer?" dijo finalmente, en un tono plano y frío.

 

"Debiste decírmelo" susurró Barenziah. "¡El báculo del caos! Ni en sueños se me había ocurrido que estaba aquí. Dijo... dijo" un gemido lastimero se le escapó de los labios y se arqueó de la desesperación. "Pero ¿qué es lo que he hecho? ¿Qué pasará ahora? ¿Qué será de mí y de nosotros?"

 

"¿Le amabas?"

 

“Sí. ¡Sí, sí, sí! Oh, Symmachus, que los dioses se apiaden de mí, pero yo le amaba, le quería. Pero ahora no sé, no estoy segura, yo..."

 

Las facciones duras de Symmachus se ablandaron levemente y sus ojos brillaron con una nueva luz. Suspiró. “Vaya, al menos algo. Haré todo cuanto esté en mis manos para que seas madre. Por lo demás, Barenziah, mi queridísima Barenziah, has desatado una auténtica tormenta. Aún tardará en amainar. Pero cuando llegue, resistiremos su envite juntos. Como hemos hecho siempre."

 

Entonces vino a ella, la desvistió y la llevó a la cama. De pura pena y anhelo, su debilitado cuerpo respondió a sus músculos como nunca, entregándole toda la pasión que Ruiseñor había despertado en ella. Y de esta forma calmó a los inquietos fantasmas suscitados por todo cuanto él había destruido.

 

***

 

Estaba vacía y le habían quitado lo que albergaba en su interior. Y entonces la llenaron, pues engendró un hijo que creció en su seno. Conforme se gestaba su hijo, creció su afecto por el paciente, fiel y atento de Symmachus, que arraigado en una larga amistad y cariño continuado, maduró finalmente para dar paso al verdadero amor. Ocho años después recibieron la bendición de otra hija.

 

***

 

Justo después de robar Ruiseñor el báculo del caos, Symmachus envió unas misivas secretas y urgentes a Uriel Septim. En esta ocasión prefirió no ir en persona, como hacía normalmente, pues decidió permanecer junto a Barenziah durante su período fértil para engendrar un hijo con ella. Por ello y por el hurto, padeció por un tiempo la desaprobación de Uriel Septim, además de injustas suspicacias. Enviaron espías en búsqueda del ladrón, pero Ruiseñor parecía haber desaparecido del lugar del que vino, dondequiera que fuera.

 

"Quizás sea medio elfo oscuro," dijo Barenziah, "pero bajo su disfraz también se oculta la parte de humano que tiene. De lo contrario no tendría que habérseme adelantado la fertilidad."

 

"Es seguro que sea medio elfo oscuro y que además provenga del antiguo linaje de Ra'athim. De lo contrario no habría podido rescatar el báculo," explicó Symmachus. Se dio la vuelta para mirarla fijamente. "No creo que se hubiera acostado contigo. De ser elfo no se habría atrevido, porque entonces no habría podido dejarte" dijo y sonrió para a continuación volver a ensombrecérsele el gesto. “Sabía dónde estaba el báculo, no el cuerno y ahora lo trasladará como por encantamiento a un lugar seguro. El báculo no es un arma que llame la atención, a diferencia del cuerno. ¡Demos gracias a los dioses de que no tiene el cuerno! Parece que todo ha salido como esperaba, ¿pero cómo lo logró? Yo mismo me encargué de depositar el báculo allí mismo, con ayuda de los últimos descendientes del clan de Ra'athim, a los que a modo de recompensa asigné un trono y el castillo de Ebonheart. Tiber Septim pidió el cuerno, pero dejó el báculo a buen recaudo. Ahora Ruiseñor usará el báculo para sembrar la inquina dondequiera que vaya, si lo desea. Pero aun así no podrá hacerse con el poder. Es el cuerno y la destreza en su uso lo que se lo daría." 

 

"No estoy tan segura de que sea el poder lo que busca Ruiseñor," dijo Barenziah.

 

"Todos quieren el poder," dijo Symmachus, "cada uno a su propio estilo."

 

"No yo," contestó la reina. "Pues yo, Milord, he encontrado lo que andaba buscando."

 

 

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