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Barenziah real, segundo volumen Anónimo

yoaki1989 @ 13:17

Barenziah y Straw se quedaron en Rifton a pasar el invierno en un cuarto barato de los suburbios de la ciudad. Barenziah quería entrar en el gremio de ladrones, a sabiendas del riesgo que corría si la pillaban actuando por su cuenta. Un día, en una taberna, vio a Therris, joven y audaz miembro del gremio de origen khajiita. Le ofreció acostarse con él a cambio de que la recomendase para entrar en el gremio. Se la miró de arriba a abajo y aceptó, pero no sin pasar por el rito iniciático.

“¿Qué rito?”

“Ah” dijo Therris. “Primero paga, mi amor.”

[Pasaje censurado por orden del templo.]

Straw la quería matar y Therris quizás también. ¿Qué tipo de pasión la habría dominado como para hacer tal cosa? Con mirada aprensiva recorrió la habitación, pero el resto de patrones terminaron por desinteresarse para volver a sus quehaceres. No reconoció a nadie, pues no era la posada en la que se hospedaban. Con fortuna, Straw lo averiguaría en un instante, si es que lo lograba averiguar.

***

Therris era, y de largo, el hombre más arrebatador y apuesto que jamás conoció. No solamente la guió en cuanto necesitaba para ingresar en el gremio de ladrones, sino que la adiestró o le presentó a quien pudiera adiestrarla.

Entre ellas estaba Katisha, oronda nórdica de aspecto maternal y que algo sabía de magia. Casada con un herrero, tenía dos hijos mozos y era de lo más corriente y respetable, excepto si descontamos su maña con ciertas artes mágicas, sus extrañas amistades y su afición por los gatos (y, por lógica, sus parientes humanoides los khajiitas). Le enseñó a Barenziah cómo hacerse invisible y pasar desapercibida o disfrazarse. Katisha mezclaba la magia con otras artes, la una en beneficio de las otras. No estaba en el gremio de ladrones, pero le tenía un afecto maternal a Therris. Barenziah se amistó con ella como jamás hizo con ninguna otra mujer y durante las semanas siguientes le contó su vida a Katisha.

A veces, venía con Straw, que aprobaba la amistad de Barenziah con Katisha, pero no con Therris. A Therris, Straw le parecía “interesante” y le sugirió a Barenziah que se montasen un trío.

“Nada de eso”, dijo Barenziah con firmeza, agradecida a Therris por sacar el tema discretamente entre los dos, al contrario de lo que era su costumbre. “¡Ni a él le iba a gustar ni a mí tampoco!”

Therris esbozó una encantadora sonrisa de felino y se repantigó remolonamente en la silla, estirándose y curvando la cola. “Pues os ibais a llevar una sorpresa. En pareja es muy aburrido.”

Barenziah le respondió con la mirada.

“O quizás te sobraría el pueblerino ese, mi amor. ¿Te parece bien si me traigo a un amigo?”

“Pues no. Si ya te has hartado de mí, tu amigo y tú os podéis buscar a otra.” Ya formaba parte del gremio de ladrones. Tras superar el rito iniciático. Y Therris le seguía resultando de utilidad, pero no indispensable. Quizás ya se hubiera hastiado de él.

***

Le contó a Katisha los problemas que tenía con los hombres, o lo que entendía por problemas. Katisha dio un respingo y le dijo que lo que buscaba era amor y no sexo, y que cuando hallase al hombre de su vida lo reconocería al instante. Añadió que ni Straw ni Therris era el más apropiado para ella.

Barenziah extrañada, giró la cabeza a un lado. “Hay quien dice aquello de que "elfa oscura, golfa segura". ¿Que somos unas prostitutas?” dijo, aunque con tono de duda.

“Promiscuas más bien. Aunque imagino que algunas terminan vendiendo su cuerpo” dijo Katisha como sin pensarlo. “Los elfos son promiscuos de jóvenes, pero ya se te pasará. Quizás ya se te esté pasando”, añadió esperanzada. Y es que le había terminado cogiendo cariño a Barenziah. “Lo que tienes que hacer es juntarte con elfos bien guapos. De tanto andar con khajiitas, humanos y demás te vas a quedar embarazada en menos que canta un gallo.”

Barenziah sonrió sin querer ante la idea. “Pues no me importaría, aunque sería un contratiempo, ¿no crees? Los niños dan mucha guerra y ni siquiera tengo mi propia casa.”

“¿Qué edad tienes, Berry? ¿Diecisiete años? Todavía te quedan uno o dos años para ser fértil, a menos que tengas mala suerte. Después, a los elfos les cuesta tener descendencia con los de su especie, así que mejor será que te juntes con los tuyos.”

Barenziah se acordó de algo más. “Straw quiere comprarse una granja y casarse conmigo.”

“¿Y tú quieres hacer eso?”

“No, aún no. Quizás más adelante, pero no si ello me impide llegar a reina, que no seré una reina cualquiera. Algún día seré reina de Mournhold.” Dijo decidida, casi empecinadamente, como para disipar toda duda.

Katisha prefirió hacer como si no hubiera oído. Le divertía lo animado de la imaginación de la chica, lo que interpretaba como señal de que estaba en sus cabales. “Me parece a mí que Straw llegará a viejo antes de que llegue ese día, Berry. Los elfos viven muchos años.” El rostro de Katisha se nubló brevemente con esa envidia y nostalgia que sienten los humanos cuando reflexionan sobre los miles de años que, como por don de los dioses, pueden llegar a vivir los elfos. Pocos llegaban a vivir tanto a causa del precio que enfermedades y guerras se cobraban. Pero poder, podían, y de hecho alguno vivió hasta edad tan provecta.

“A mí también me gustan los hombres entrados en años” dijo Berry.

Katisha se rió.
Barenziah tamborileaba impacientemente mientras Therris ordenaba los papeles en la mesa. Meticuloso y metódico, cambiaba con cuidado todo lo que se había encontrado.

Entraron en la casa de un noble, mientras Straw vigilaba en el exterior. Therris dijo que la faena sería coser y cantar, pero que había que mantenerla en secreto. Ni siquiera se trajo a otros cofrades del gremio. Dijo que sabía que podía confiar en Berry y Straw, pero no en nadie más.

“Dime qué buscas y te lo encontraré” susurró Berry con premura. Veía mejor que Therris en la oscuridad y no quería que crease ni la más mínima esfera de luz.

Jamás había estado en un palacio tan lujoso. Ni siquiera el castillo del conde Sven en el que pasó su infancia podía compararse. Sorprendida por cuanto veía a su alrededor, recorrió con sus compinches las habitaciones ricamente decoradas y resonantes del eco de la planta baja. Pero Therris parecía interesado no más en la mesa de la biblioteca de la planta de arriba.

Enfadado, siseó.

“¡Que viene alguien!” dijo Berry, poco antes de que se abriera la puerta y entrasen en la sala dos figuras oscuras. Therris la atrajo hacia sí de un agarrón y salto por la ventana. Barenziah se quedo tiesa: no podía ni moverse ni hablar. Vio, impotente como la menor de las figuras saltaba tras Therris. Dos veloces sablazos azulados dejaron a Therris inerme en el suelo.

Fuera de la biblioteca, la casa se llenó del eco de los pasos y voces de alarma, salteado por el traqueteo de armaduras vestidas prontamente.

El mayor de los hombres, que por la apariencia se diría que era elfo oscuro, arrastró y levanto a Therris por tornas hasta pasar el cadáver a otro elfo desde la puerta. Con un gesto del primero de los elfos, su menudo acompañante ataviado con una capa azul se abalanzó sobre Barenziah y Straw. Se acercó a Barenziah para inspeccionarla, a la que sin estar inmovilizada aun dolía la cabeza horrorosamente.

“Ábrete la camisa, Barenziah,” dijo el elfo. Barenziah se quedó pasmada y se agarró la camisa. “Eres una chica, ¿verdad que sí?” dijo suavemente. “Hace tiempo que tenías que haber dejado de disfrazarte de chico. Llevas meses llamando la atención. ¡Y además te haces llamar Berry! ¿Es que el imbécil de Straw ha perdido la memoria?”

“Es un nombre de lo más corriente entre los elfos” replicó Barenziah.

El hombre agitó la cabeza tristemente. “No entre los elfos oscuros, querida. Pero tampoco es que sepas mucho de los elfos oscuros, ¿no? Es una pena y no había remedio, pero intentaré solucionarlo.”

“¿Quién eres?” Barenziah le preguntó.

“Vaya, de qué le sirve a uno la fama,” sonrió irónicamente encogiéndose de hombros. “Soy Symmachus, Milady Barenziah. General Symmachus del ejército imperial de Su Portentosa y Terrible Majestad Tiber Septim I. ¡Bonito paseo nos hemos dado por todo Tamriel persiguiéndote! (O al menos por esta parte). Aunque me imaginé, no sin error, que terminarías yendo a Morrowind. Habéis tenido suerte. Encontramos un cadáver en Whiterun y, como pensábamos que sería Straw, dejamos de buscaros. Un error por mi parte, aunque no pensaba que aguantaríais tanto tiempo juntos.”

"¿Dónde está? ¿Le ha pasado algo?” preguntó atemorizada de verdad.

“Está bien de momento, bajo custodia.” Se dio la vuelta. “¿Te preocupa?” dijo, y de repente la miró con voraz curiosidad, con una mirada profunda y roja que le parecía extraña, excepto en que se reflejaba su propia imagen, que tan ajena le resultaba.

“Es amigo mío” dijo Barenziah. La respuesta sonó átona y desesperanzada, a juzgar por sí misma. ¡Symmachus! Nada más y nada menos que el general del ejército imperial, del que se decía que era amigo y consejero del mismísimo Tiber Septim.

“Se diría que, si me permites el comentario, te juntas con malas compañías, Milady.”

“Deja de decirme "Milady.” Estaba irritada por el aparente sarcasmo del general. Pero tan sólo sonreía.

Conforme departían, se fue apagando el trajín y el barullo que había en la casa. Aunque aún oía voces, quizás la de sus moradores, susurrar no lejos de allí. El elfo alto se inclinó sobre una esquina de la mesa. Parecía relajado y dispuesto a quedarse un rato.

Entonces se le ocurrió. ¿A qué venía lo de las compañías indeseables? Este lo sabía todo de ella, o al menos sabía bastante, lo que para el caso es lo mismo. “¿...qué les va a pasar? ¿Y a mí?”

“Ah... Como sabrás, esta casa es propiedad del comandante de las tropas imperiales en la zona: hablando en plata, es mi casa.” Barenziah se quedó petrificada y Symmachus aguzó el gesto. “¿Es que no lo sabías? Sss, dss. Para tener diecisiete años, eres bastante imprudente, Milady. Esto te pasa porque no sabes lo que haces ni donde te metes.”

“Pero al gremio jamás se le ocurriría tal cosa” dijo temblorosa Barenziah. A nadie se le ocurriría perjudicar a tan altas esferas del imperio. Por lo que sabía, nadie le llevaba la contraria a Tiber Septim. Alguien en el gremio había metido la pata hasta el fondo, y ella pagaría los platos rotos.

“Yo diría que Therris no contaba con la aprobación del gremio para este ‘trabajo’. De hecho, lo dudo”. Symmachus examinó cuidadosamente la mesa, sacando los cajones. Escogió uno, lo puso encima y abrió un falso fondo. Había un pliego de pergamino en su interior, que parecía un mapa. Barenziah se inclinó para ver más de cerca. Symmachus lo retiró riéndose. “¡Pues sí que eres imprudente!” Le echó un vistazo, lo dobló y lo volvió a poner en su sitio.

“Me recomendaste hace nada que madurase.”

“Pues sí, es cierto que te lo recomendé”. Parecía estar de muy buen humor. “Nos tenemos que ir, mi querida señora.”

La acompañó escaleras abajo por la puerta hasta el exterior, al aire libre. Era de noche y no había ni un alma. Barenziah miró rauda a las sombras. Se preguntaba si le superaría a la carrera o si podría esquivarle de algún modo.

“¿No estarás pensando en escaparte? ¿No quieres saber primero lo que voy a hacer contigo?” Barenziah pensó que estaba un tanto zaherido.

“Pues ahora que lo dices, sí.”

“Quizás quieras saber primer qué fue de tus amigos.”

“No.”

La respuesta pareció complacerle, pues a todas luces era la respuesta que esperaba, pensó Barenziah, pero también era la verdad. Si bien le preocupaban sus amigos, en especial Straw, más le preocupaba su propio pellejo.

“Ocuparás el lugar que te corresponde como reina de Mournhold.”

***

Symmachus le explicó que hacía tiempo que a Tiber Septim y a él les rondaba esta idea. Mournhold, tras la década larga de administración militar que se estuvo fuera, habría de pasar a manos civiles bajo la tutela del emperador y como provincia imperial de Morrowind.

“¿Pero por qué me enviaron a Darkmoor?” preguntó Barenziah, que apenas si creía lo que acababa de oír.

“Para protegerte, naturalmente. ¿Por qué huiste?”

Barenziah se encogió de hombros. “No veía motivos para quedarme. Me lo debieron decir.”

“A estas alturas, ya te lo habrían dicho. Pedí que te sacasen de la ciudad imperial para que te aposentases un tiempo en la corte del emperador. Pero, por decirlo de algún modo, preferiste hacer mutis por el foro. En lo tocante a tu futuro, debería de haberte quedado bastante claro a estas alturas. A Tiber Septim no le interesa velar por aquellos que no le son de utilidad, ¿y de qué le ibas tú a servir?”

“Nada sé de él, ni de ti.”

“Pues que sepas que Tiber Septim premia a amigos y enemigos según sus merecimientos.”

Barenziah reflexionó un momento. “Straw se merece lo mejor de mí y jamás le hizo daño a nadie. No es del gremio de ladrones y vino a protegerme. Se gana la vida por los dos haciendo recados y...”

Symmachus le pidió con la mano que se callara. “A Straw lo conozco de sobra,” dijo, “y a Therris también.” La miró fijamente. “Entonces, ¿qué? ¿Qué harías por él?”

Barenziah respiró hondo. “Straw quería tener una granja. Si tan rica voy a ser, que le den una granja.”

“Muy bien.” Parecía sorprendido primero y después agradado. “Eso está hecho, le daremos la granja. ¿Y qué pasa con Therris?”

“Me traicionó” dijo Barenziah fríamente. Therris debió avisarla del riesgo que conllevaba el robo. Además, la dejó en manos del enemigo por salvar su pellejo. Ni merece recompensa ni confianza alguna.

“Sí. ¿Y qué?”

“Pues tendría que sufrir por ello, ¿no?”

“Parece razonable. ¿Cómo quieres hacerle sufrir?”

Barenziah apretó los puños. Ya le habría gustado darle una buena tunda a ese khajiita. Pero con las vueltas que había dado la vida, no habría sido digno de una reina. “Que lo flagelen. ¿Te parecen bien veinte latigazos? Como comprenderás, no quiero que lo dejen tullido, basta con que le enseñen una lección.”

“Por supuesto", dijo sonriendo Symmachus, para después forzar la expresión. “Así se hará, Su Alteza Milady Reina Barenziah de Mournhold.” A continuación hizo una reverencia cortés y hermosa, a la par que histriónica.

A Barenziah se le iba a salir el corazón.

***

Pasó dos días en la morada de Symmachus, durante los que estuvo muy ocupada. Una elfa oscura, que respondía al nombre de Drelliane, se ocupaba de ella aunque no fuera exactamente una azafata, pues comía con ella, y tampoco parecía ser la esposa o amante de Symmachus. Drelliane parecía divertida cuando Barenziah le preguntaba al respecto. Tan sólo dijo que servía al general y que hacía cuanto le pedía.

Con la ayuda de Drelliane, encargaron varios trajes y pares de zapatos de los más finos, así como un traje y botas de montar junto con otros artículos menores de primera necesidad. Barenziah se acomodó en una habitación para ella sola.

Symmachus pasaba largas temporadas fuera. Le solía ver a la hora de comer, pero contaba poco de sí o de lo que venía haciendo. Era cordial y educado y bastante predispuesto a hablar de la mayoría de temas; además, le interesaba saber lo que ella hubiera de contarle. Drelliane tenía un carácter parecido. A Barenziah le parecieron suficientemente agradables, aunque resultaba un tanto "hacer migas con ellos", tal y como diría Katisha, lo que era causa de cierta frustración. Eran los primeros elfos oscuros con los que había tenido trato de verdad. Esperaba sentirse a sus anchas, sentirse acogida allí y entre ellos. No obstante, echaba en falta a sus amigos nórdicos, Katisha y Straw.

Cuando Symmachus le dijo que habrían de partir a la mañana siguiente a ciudad imperial, preguntó si podía despedirse de ellos.

“¿Katisha?” preguntó. “Con ésta tengo una deuda pendiente. Ella fue la que me llevó a ti; me habló de Berry, la joven y solitaria elfa oscura que tanto necesitaba la amistad de los elfos y que a veces se vestía de chico. Por lo que parece, no tiene vinculación alguna con el gremio de los ladrones. Y nadie dentro del gremio de ladrones sabe de tu identidad verdadera, aparte de Therris, lo que me parece bien. Sería deseable que lo del gremio no saliera a la luz. No se lo comentes a nadie, Alteza. Tales antecedentes no te harán emperatriz imperial.”

“Nadie lo sabe, únicamente Straw y Therris. Y no se lo van a contar a nadie.”

“No” sonrío levemente. “No, claro que no.”

Se acababa de enterar de que Katisha lo sabía. Pero aun así, lo dijo en un tono extraño.

Straw vino a sus aposentos la mañana que iba a partir. Los dejaron solos en el salón, aunque Barenziah sabía que otros elfos podían escucharles. Parecía pálido y apagado. Se abrazaron en silencio durante minutos. Straw temblaba calladamente y las lágrimas le corrían por las mejillas.

Barenziah intentó sonreír. “¿Has visto? Cada uno tiene lo que quería. Me van a hacer reina de Mournhold y tú serás señor de tu granja.” Le cogió de la mano y le sonrío cálida y sinceramente. “Te prometo que te escribiré, Straw, pero te tienes que buscar un escriba para responderme.”

Straw hizo un gesto triste con la cabeza. Cuando Barenziah le insistió, abrió la boca y se la señaló, haciendo ruidos inarticulados: le habían cortado la lengua.

Barenziah se desplomó en una silla y lloró desconsoladamente.

***

“¿¡Por qué!?” le preguntó a Symmachus una vez se retiró Straw. "¿¡Por qué!?"

Symmachus se encogió de hombros. “Sabe demasiado y podría ser peligroso. Si está vivo. Además, ¡la lengua no le va a hacer falta para criar a los puercos!”

“¡Te odio!” Le gritó Barenziah, para después curvarse para vomitar en el suelo. No cesó de insultarle a pesar de las arcadas. Escuchó impávido un tiempo mientras Drelliane iba limpiando. Acabó por pedirle que parase o la amordazaría para el resto del viaje a la corta imperial.

Antes de salir de la ciudad, pararon a las puertas de casa de Katisha. Symmachus y Drelliane no descabalgaron. A pesar de la aparente normalidad, Barenziah llamó a la puerta asustada. Katisha respondió. Barenziah dio gracias al cielo al ver que estaba bien, aunque se veía que había estado llorando. Fuera lo fuese, abrazó tiernamente a Barenziah.

“¿Por qué lloras?” Preguntó Barenziah.

“Pues por qué va a ser, ¡por Therris! ¿No te has enterado? ¡Pobre Therris! Lo han matado.” Barenziah sintió como si le agarrasen el corazón con una mano helada. “Le pillaron asaltando la casa del comandante. Me da pena, pero es que no tenía que haberlo hecho. Berry, ¡el comandante ordenó que lo ahogasen y desmembrasen esta mañana!” Se echó a llorar. “Preguntó por mí y fui a verle. Sufrió muchísimo antes de morir. Fue espantoso y no lo olvidaré. Te busqué a ti y a Straw, pero nadie supo darme razón de vuestro paradero.” Miró por detrás de Barenziah. “¿No es ese el comandante Symmachus?” Katisha hizo algo raro. Dejó de llorar y sonrió. “¡En cuanto lo vi pensé que "este sí que está a la altura de Barenziah!” Katisha se plegó el delantal y se lo pasó por los ojos. “Le hablé de ti.”

“Sí, lo sé” dijo Barenziah. Le cogió las manos a Katisha y la miró profundamente. “Katisha, te quiero y te voy a echar de menos. Pero jamás se te ocurra contarle a nadie nada de mí, júrame que no lo harás, sobre todo a Symmachus. Y prométeme que me cuidarás a Straw."

Katisha asintió, asombrada pero dispuesta. “Berry, ¿no sería por mi culpa que apresaron a Therris? Jamás menté a Therris en su presencia" dijo, mirando al general.

Barenziah le aseguró que fue un confidente quien comunicó los planes de Therris a la guardia imperial. Lo más seguro es que fuera mentira, pero sabía que Katisha necesitaba algún tipo de consuelo.

“Dadas las circunstancias, no puedo sino alegrarme. No quiero ni pensarlo, ¿pero cómo iba a saberlo?” Se inclinó y le susurró al oído de Barenziah, “¿A que es guapo Symmachus? Y además es bien encantador.”

“No sabría decirte”, Barenziah dijo secamente. “No me lo he planteado. He tenido cosas bien distintas en las que pensar.” Explicó apresuradamente que llegaría a reina de Mournhold y que se alojaría una temporada en la ciudad imperial. “El emperador le ordenó que me buscase y sanseacabó. Me vieron como una presa y a por mí fueron. No creó que se fije en mí como mujer. Aunque sí que dijo que no tenía aspecto de muchacho”, añadió, ante la incredulidad de Katisha. Katisha sabía que Barenziah medía a todos los varones con que topaba por lo deseable que fueran y por su disponibilidad. “Quizás sea por la sorpresa de descubrir que soy reina”, añadió, y Katisha convino en que debió haberle supuesto todo un sobresalto, por poco que esperase experimentarlo de primera mano. Sonrió y Barenziah le devolvió el gesto. Se volvieron a abrazar, llorosas, por última vez. Jamás volvió a ver a Katisha ni a Straw.

La comitiva real abandonó Rifton por la gran puerta del sur. Una vez atravesada, Symmachus le palmeó el hombro y le señaló a las puertas que dejaban a atrás. “¿No quiere despedirse de Therris también, Majestad?” le dijo.

Barenziah miró breve pero fijamente al cráneo empalado sobre la puerta. Los pájaros hicieron presa de la testa, pero el rostro aún era reconocible. “No creo que me oiga, aunque estoy seguro de que le agradaría saber que estoy bien,” dijo, con cierto aire leve. “Reanudemos nuestro camino, General”

Symmachus estaba decepcionado por la falta de reacción. “¿A que te lo contó Katisha?”

“Pues sí. Estuvo en la ejecución,” respondió Barenziah, como quien no quiere la cosa. Barenziah pensaba que, de no haber conocido Symmachus sus fuentes, ya se habría enterado pronto por otro lado.”

“¿Sabía acaso que Therris pertenecía al gremio?”

Barenziah se encogió de hombros. “Todo el mundo lo sabía. Únicamente los miembros menores deben de ocultar su pertenencia. A los peces gordos los conoce todo el mundo.” Se volvió para reírse maliciosamente de él. “Pero si tú ya lo sabes todo, General” dijo dulcemente.

Symmachus parecía no alterarse. “Así que le dijiste quién eras y de dónde venías, pero no que estabas en el gremio.”

“No es lo mismo: no era ese secreto el que debía ocultar, sino el otro. Además, Katisha es honrada a más no poder. Si se lo hubiera dicho, habría perdido parte e su estima. A Therris le insistía para que se dedicase a un trabajo más honesto. Tengo en alta estima su opinión.” Se permitió regalarle una fría mirada. “No es algo que debiera preocuparte, ¿pero sabes qué más pensaba? Dijo que me convendría sentar cabeza con uno de mi raza y en condiciones, que sepa decir la palabra adecuada en su justo momento. Eres tú.” Agarró bien las riendas antes de acelerar el paso, pero no sin lanzar una última pulla que no se pudo callar. “¿A que extraña cuando los deseos se hacen realidad, pero no cómo lo espera uno, o mejor dicho, no como uno habría esperado que se cumpliesen?"

Su respuesta le sorprendió tanto que casi se olvida de reducir el trote. “Sí. es muy extraño,” contestó, en un tono acorde con la respuesta. Entonces se disculpó y se rezagó.

Alzó la cabeza y siguió cabalgando con aire indiferente. ¿Qué le importaba tanto de su respuesta? No era, ni mucho menos, lo que acababa de decir, sino cómo había contestado, lo que le llevaba a pensar que ella no era sino uno de los deseos que se habían hecho realidad. Por poco probable que pareciera, deliberó debidamente al respecto. Y es que Symmachus la había encontrado tras meses, al parecer sin duda acuciado por el emperador. De ahí que, con toda certeza, su deseo se hubiera hecho realidad.

Pero no cómo el habría esperado.

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