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Barenziah real, tercer volumen Anónimo

yoaki1989 @ 13:20

Durante varios días, Barenziah anduvo apesadumbrada tras separarse de sus amigos, pero a la segunda semana comenzó a animarse. Le faltaba echarse al camino, aunque más extrañaba la compañía de Straw, a quien añoraba más de lo que jamás pensara. Fueron escoltados por caballeros guardas rojos con los que se sentía más cómoda. Eran más disciplinados y decorosos que los guardas de las caravanas de merchantes con los que convivió. Eran simpáticos, pero respetuosos para con sus conatos de seducción.

Symmachus le reñía en privado, alegando que una reina debe mantener la dignidad en todo momento.

“¿Es que se me ha acabado la diversión para siempre?” inquirió petulantemente.

“Al menos con éstos, sí. No son de tu clase. De los potentados se espera que actúen con elegancia y no con familiaridad. En la ciudad imperial observarás un comportamiento casto y recatado.”

A Barenziah se le alargó la cara. “A lo mejor vuelvo a la fortaleza de Darkmoor. Se dice que los elfos son promiscuos por naturaleza.”

“Dirán lo que quieran, pero algunos lo son y otros no. El emperador y yo esperamos que sepas elegir y que tengas buen gusto. Déjame que te recuerde, Alteza, que ostentarás el trono de Mournhold no por derecho de sangre sino por capricho de Tiber Septim. Si estima que no eres apta, tu reinado concluirá antes de empezar. A sus vasallos les exige inteligencia, obediencia, discreción y plena lealtad y en las mujeres aprecia la castidad y el recato. Te recomiendo encarecidamente que tomes por modelo a la buena de Drelliane, Milady.”

“¡Me vuelvo a Darkmoor enseguida!” replicó Barenziah entre brusca y resentida, ofendida por el pensamiento de tener que emular a la frígida y mojigata de Drelliane.

“Ni se te ocurra, Majestad. Si no le fueras de utilidad a Tiber Septim ya se encargaría de que tampoco le resultases útil a sus enemigos,” dijo el general en tono profético. “Si en algo estimas tu vida, ve con cuidado. Déjame que te diga que el poder reporta unos placeres bien distintos de los que proporciona la carne y perder el tiempo con compañías de baja calaña.”

Comenzó a hablar del arte, la literatura, el teatro, la música y los grandiosos bailes celebrados en la corte imperial. Barenziah escuchó con cada vez mayor interés, espoleada y no del todo por sus amenazas. Más adelante preguntó, tímidamente, si podría reanudar sus estudios de magia en la ciudad imperial, propuesta que pareció placer a Symmachus y que prometió satisfacer. Animada, añadió que había observado que tres de los escoltas eran mujeres y preguntó si se podría entrenar con ellas aunque sólo fuera para ejercitarse. Esto ya le hizo menos gracia al general, pero dio su consentimiento a condición de que solamente practicase con las mujeres.

El invierno, en sus postrimerías, fue clemente aunque trajo algunas heladas y el resto del viaje fue ligero y discurrió por carreteras firmes. El último día de su viaje parecía que la primavera había llegado por los indicios de deshielo. El camino se embarró y por todos lados se sentía el leve y continuo murmullo del agua que gotea y corre. Bienvenida fuera esa música...

***

Al atardecer llegaron al gran puente que daba acceso a la ciudad imperial. Los dedos rosados del atardecer sonrojaban levemente las marmóreas fachadas de la metrópolis, dándole un aspecto grandioso e inmaculado. Una amplia avenida en dirección norte llevaba al palacio y las calles estaban repletas de una muchedumbre variopinta y multirracial. Las tiendas iban apagando su alumbrado mientras prendían sus luces las tabernas y las estrellas invadían el firmamento, primero de dos en dos y después con mayor profusión. Incluso las calles adyacentes eran anchas y estaban bien iluminadas. Junto al palacio, las torres de un inmenso salón del gremio de magos se alzaban al este, mientras que al oeste refulgían los ventanales de un inmenso tabernáculo ante el decadente fulgor.

Symmachus tenía sus aposentos en una magnífica casa a dos cuadras del palacio y pasado el templo. (“El tempo del Único” indicó cuando pasaron por delante, antigua devoción nórdica recuperada por Tiber Septim. Añadió que Barenziah habría de convertirse a dicho culto si el emperador lo estimaba conveniente.) El lugar era espléndido, aunque no del gusto de Barenziah. Las paredes y el mobiliario estaban acabados en un blanco impoluto, únicamente alterado por toques de oro pálido y los suelos eran de mármol negro mate. Barenziah echaba en falta el color y el juego de sutiles sombras.

Por la mañana, Symmachus y Drelliane la escoltaron hasta el palacio imperial. Barenziah observó que todo aquel con quien toparon saludaba a Symmachus con un respeto y una deferencia rayanos en el servilismo. El general parecía acostumbrado.

Los llevaron directamente ante el emperador. El sol de la mañana inundaba la pequeña estancia por un ventanal compuesto por laminitas de vidrio e iluminaba la suntuosa mesa del desayuno, a la que había sentado un hombre que interceptaba la luz. Se puso de pie nada más entrar y fue a recibirles. “¡Hombre, Symmachus! Nuestro más leal amigo. ¡Cuánto me alegro de que hayas vuelto!” Agarró a Symmachus por los hombros breve y afectuosamente, evitando la reverencia que el elfo oscuro pretendía iniciar.

Barenziah hizo una reverencia cuando Tiber Septim se giró hacia ella.

“Barenziah, ¿cómo estás? Nos lo has puesto difícil con tanta travesura. Déjame que te vea bien. Pero si es un encanto, Symmachus. ¿Por qué la has tenido escondida tantos años? ¿Te molesta la luz, muchacha? ¿Echamos las cortinas? Claro que sí.” Desestimó las protestas de Symmachus y él mismo corrió el cortinaje sin molestarse en llamar a un mayordomo. “Me disculparéis tanta descortesía, estimados invitados. Son muchos los asuntos de los que he de ocuparme, aunque ello no sirva de excusa para tan poca hospitalidad. Pero sentaros, tengo unas nectarinas excelentes de Black Marsh.”

Se sentaron a la mesa. Barenziah estaba anonadada: Tiber Septim en nada se parecía al inmenso guerrero tenebroso que imaginaba. Era de estatura media y Symmachus le sacaba una cabeza, aunque era fornido y ágil. Tenía una sonrisa encantadora y ojos azules brillantes de profunda mirada, con una buena mata de pelo cano que coronaba el rostro arrugado y gastado. Lo mismo podría tener cuarenta que sesenta años. Les encomió para que comieran y bebieran y después se interesó en por qué se había ido de casa, pregunta que el general le había hecho días atrás. ¿Acaso la maltrataron sus tutores?

“No, Excelencia,” respondió Barenziah, “a decir verdad, no, aunque era lo que me imaginaba.” Symmachus se había inventado el relato que a continuación hizo Barenziah, no sin recelo. El mozo de cuadras Straw, la convenció de que sus tutores, incapaces de hallarle un marido apto, la querían vender como concubina en Rihad; y cuando finalmente vino un guarda rojo, se asustó tanto que decidió fugarse con el mozo.

Tiber Septim parecía fascinado y escuchaba arrebatado los detalles de su vida de guarda en la caravana de merchantes. “¡Parece un romance!” dijo. “¡Que el bardo de la corte le ponga música! ¡Qué encanto de muchacho tuviste que ser!”

“El general Symmachus me dijo que...” Barenziah se detuvo confusa para después proseguir. “Dijo que ya no parezco un chico. He pegado el estirón en los últimos meses.” Bajó la mirada, con la esperanza de parecer virginal y casta.

“Nuestro leal amigo Symmachus sabe lo que dice.”

“Sé que he sido muy casquivana, Excelencia. Os pido perdón y le pido perdón a mis tutores. Hace tiempo que me arrepentí, pero la vergüenza me impedía regresar a mi hogar. Mas ahora no quiero volver a Darkmoor. Excelencia, lo que echo de menos es Mournhold. Mi alma anhela mi tierra natal.”

“Volverás, te lo prometo, pero te pido que permanezcas entre nosotros un tiempo para prepararte ante el serio y solemne cometido que te encomendaremos.”

Le miró sinceramente, con el pulso acelerado. Todo estaba saliendo como Symmachus había previsto. Barenziah se sentía agradecida hacia el general, pero procuraba centrar su atención en el emperador. “Para mí es un honor, Excelencia y espero serviros plenamente a vos y a este gran imperio vuestro de cualquier modo posible.” Eran las palabras más idóneas en tal situación, que Barenziah empero pronunció de todo corazón. Estaba maravillada por lo espléndido de la ciudad y por la disciplina y el orden que se respiraba por doquier, aunque más le encandilaba el pensamiento de participar de tal escena. Además, se sintió arrebatada por el gentil Tiber Septim.

***

Transcurridos unos días Symmachus abandonó Mournhold para ocupar el puesto de gobernador hasta que Barenziah pudiera ascender al trono, tras lo cual ejercería el cargo de primer ministro. Barenziah, con Drelliane de acompañante, se acomodó en varios aposentos del palacio imperial. Le asignaron varios mentores de todas las artes aptas para la educación regia. En aquella época se interesó y mucho por la magia, pero la historia y la política no despertaban el menor interés en ella.

En ocasiones se encontraba con Tiber Septim en los jardines de palacio, que le preguntaba incesante pero cortésmente por sus progresos. El emperador sazonaba con una sonrisa los reproches por su falta de interés en los asuntos de estado. No obstante, se mostraba siempre dispuesto a aconsejarle en materia de magia y hacía que la historia y la política pareciesen interesantes. “Se trata de personas y no de hechos puros y duros, recogidos en tochos polvorientos”, dijo.

Conforme fue creciendo su entendimiento, las conversaciones fueron ganando en duración, profundidad y frecuencia. Le habló de sus esperanzas de unificar Tamriel, con todas las distintas razas por separado pero con unos ideales y objetivos comunes, contribuyendo al bien común. “Hay características universales que todos los pueblos sensibles de buena voluntad comparten,” dijo. “Al menos eso es lo que nos enseña el Único. Hemos de unirnos para combatir a los malvados y brutos, los monstruos (orcos, trols, duendes y criaturas peores) y no entre nosotros.” El azul de sus ojos se iluminó al describir su sueño y Barenziah estaba sentada a su lado, escuchándole. Si se hubiera acercado a su costado, él habría refulgido como una llama. Si sus manos se hubieran encontrado, un escalofrío le habría recorrido todo el cuerpo como por encanto.

Un día, inesperadamente, le cogió la cara con las manos y la beso levemente en los labios. Se retiró un momento, asombrada por lo virulento de sus sentimientos y él se disculpó al momento. “No quería, pero no pude evitarlo. Eres muy hermosa, tremendamente hermosa.” La miraba ansiosa y desesperadamente, con generosidad.

Ella se apartó, entre llantos y sollozos.

“¿Estás enfadada? Habla, por favor.”

Barenziah cabeceó. “Cómo iba a enfadarme con vos, Excelencia. Os quiero y sé que no debiera, pero no lo puedo evitar.”

“Tengo una consorte,” dijo. “Es buena y virtuosa y me ha dado los hijos que un día heredarán el reino. No puedo deshacerme de ella, mas ni hay nada entre nosotros ni comunión de los espíritus. A ella le gustaría que yo fuera distinto. Soy la persona más poderosa de todo Tamriel y la más solitaria.” Se levantó de repente. “¡El poder!” dijo con un desprecio sublime. “Si los dioses me lo concediesen, lo daría casi todo por la juventud y el amor.

Pero sois fuerte y vigoroso, más que ningún otro hombre que haya jamás conocido”, dijo Barenziah.

El emperador hizo un gesto vehemente con la cabeza. “Hoy día, a lo mejor. Pero cada década, cada año y cada día voy a menos. Siento la dolorosa punzada de mi mortalidad.”

“Déjeme que alivie su dolor, si en algo puedo paliarlo.” Barenziah se acercó a él, con los brazos extendidos.

“No. No te arrebataré la inocencia.”

“No soy tan inocente.”

“¿Cómo dices?” Súbitamente, la voz del emperador se crispó abruptamente y frunció el ceño.

A Barenziah se le secó el aliento: independientemente de lo que hubiera dicho, no podía retirarlo, aunque algo se le ocurrió. “Conocí a un tal Straw,” balbuceó “Por aquella época yo también estaba sola y lo sigo estando. No soy tan fuerte como vos.” Bajo la mirada abatida. “No soy digna, Excelencia.”

“No, no es eso. Barenziah. Mi Barenziah. Esto no puede durar. Tienes sendos deberes para con Mournhold y con el imperio. Yo he de ocuparme de mis obligaciones. Pero mientras podamos, ¿por qué no compartir lo que tenemos (y podemos compartir) y pedir al Único que nos perdone por nuestra debilidad?”

Tiber Septim extendió los brazos y sin mediar palabra, Barenziah se fundió en ellos voluntariamente.

***

“Estas jugando con fuego, muchacha” avisaba Drelliane a Barenziah, mientras esta última admiraba el espléndido anillo de zafiro que su regio amante le había dado para celebrar el mes que acababa de cumplir su amor.

“¿A qué te refieres? Somos felices y no le hacemos daño a nadie. Symmachus me pidió que tuviera buen juicio y que fuera discreta. ¿A quién mejor iba a escoger? Además, nos ha sobrado discreción. En público me trata como si fuera su hija.” Las visitas nocturnas de Tiber Septim se efectuaban a través de un pasadizo secreto que solamente unos pocos conocían en palacio: él mismo y unos cuantos guardaespaldas de confianza.

“Se le cae la baba contigo. ¿No te has dado cuenta de la frialdad con la que te tratan la emperatriz y su hijo?”

Barenziah se encogió de hombros. Antes incluso de que ella y Septim fueran amantes, el trato con su familia fue de una cortesía tópica. “¿Y qué importa? Es Tiber quien manda.”

“Pero es su hijo quien gobernará. Te pido que no expongas a su madre al escarnio ante el populacho.”

“¿Y yo qué le hago si la seca de su mujer no logra que su marido le escuche ni siquiera durante la cena?”

“No dejes que hablen de ti, es lo único que te pido. Ella pinta bien poco, es cierto, pero sus hijos la quieren y mejor será que no te los pongas en contra. Tiber Septim no vivirá mucho, porque” Drelliane se corrigió en un visto y no visto ante el gesto de ofuscación de Barenziah, “los humanos viven muy poco. Como decimos los de las razas Elder, son efímeros. Van y vienen como las estaciones del año, pero las familias más poderosas perviven cierto tiempo. Deberás amistarte con ellos si quieres sacarles provecho. Ah, ¡pero cómo hacer que te des cuenta de las cosas, tú que eres tan joven y que te has criado entre humanos! Si obras con tiento y sabiduría, tú y Mournhold veréis el final de la dinastía Septim, si es que la ha creado, del mismo modo que hemos visto su apogeo. La historia de los humanos tiene estos vaivenes, como la tornadiza marea. Sus ciudades y dominios brotan como las flores en primavera para marchitarse y morir al sol del estío. Pero los elfos permanecen, lo que para ellos es un año para nosotros es una hora y una de nuestras décadas es un día en sus vidas.”

Barenziah se rió. Sabía que circulaban rumores sobre ella y Tiber Septim. Disfrutaba de la atención que se le dispensaba, pues a todos cautivaba, salvo a la emperatriz y a su hijo. Los trovadores cantaban a su belleza morena y sus encantadoras maneras. Estaba en boga y enamorada y por provisional que fuera la situación, ¿qué hay en la vida que no sea perecedero? Ya no recordaba cuándo había sido tan feliz: sus días estaban repletos de gozo y placer y las noches eran incluso mejores.

***

“¿Qué me pasa?” lamentaba Barenziah. “Mira, se me han quedado estrechas las faldas. ¿Qué fue de mi talle? ¿Estaré engordando?” Barenziah se miraba disgustada al espejo: tenía los brazos y las piernas delgadas; y la cintura, sin duda más gruesa.

Drelliane se encogió de hombros. “Se diría que estás encinta, con lo joven que eres. De tanto emparejarte con humanos se te ha adelantado la fertilidad. No te queda más remedio que hablar con el emperador. Estás en sus manos. Creo que lo mejor será que te vayas directamente a Mournhold, si así lo consiente, para que alumbres allí.”

“¿Sola?” Barenziah se puso las manos en el vientre henchido con incipientes lágrimas en los ojos. Toda ella ansiaba compartir el fruto de su amor con su querido. “Jamás lo consentirá. Ya verás como no dejará que me marche ahora.”

Barenziah cabeceó. Aunque no añadió nada más, su habitual desprecio y frialdad habían dado paso a la compasión y el pesar.

Aquella noche Barenziah se lo contó a Tiber Septim cuando vino a verla para su habitual cita.

“¿Encinta?” Parecía conmocionado, o mejor dicho asombrado. “¿Estás segura? Pero si los elfos no tienen hijos tan pronto"

Barenziah sonrió forzadamente. “¿Cómo podemos asegurarnos? Yo nunca...”

“Llamaré a mi curandero.”

El curandero, un alto elfo de edad mediana, confirmó el embarazo de Barenziah. Era la primera vez que tal cosa acontecía, lo que demostraba la potencia de su excelencia, dijo el curandero con tono lisonjero. Tiber Septim montó en cólera con él.

“¡Esto no puede ser!” dijo. “Te ordeno que lo interrumpas.”

“Señor,” dijo el curandero boquiabierto. “No puedo, no me está permitido.”

“Claro que puedes, adulador incompetente,” le soltó el emperador. “Es mi deseo manifiesto que lo hagas.”

Desde la cama se incorporó Barenziah, hasta entonces queda y con los ojos bien abiertos del temor. “¡No!” gritó. “¡No! ¿Qué me dices?"

“Muchacha”, Tiber Septim se sentó junta a ella, con una sonrisa encantadora de las suyas. “De verdad que lo siento, pero no puede ser. Ese hijo podría ser un riesgo para mi hijo y sus hijos, más claro no puedo explicarlo.”

“¡Pero si el hijo es de los dos!” replicó entre llantos.

“No, por mucho que tan solo sea una posibilidad, un futurible, sin alma ni vida propia, no dejaré que suceda. Lo prohibiré.” Volvió a mirar duramente al curandero y el elfo se echó a temblar.

“Señor, es ella quien lo va a alumbrar. Los elfos no tienen muchos hijos: como mucho, cuatro por elfa y ello en casos excepcionales. Lo normal es que tengan dos. Algunas sólo tienen uno y hay quienes jamás dan a luz. Si abortase, quizás no volvería a dar descendencia.”

“Me prometiste que no podría tener hijos míos. Poca fe me queda en tus pronósticos.”

Barenziah salió arrastrándose desnuda desde la cama y corrió hacia la puerta sin saber adónde iba. Tan sólo sabía que no podía quedarse, mas no llegó a salir de la habitación pues las tinieblas se apoderaron de ella.

***

Se despertó dolorida y sentía un vacío. Donde antes había una presencia viva, ahora todo era yermo y ausencia eterna. Drelliane estaba a su lado para paliar su dolor y limpiarle la sangre que aún le caía por las piernas. Pero nada podía llenar ni reemplazar ese vacío.

El emperador mandó unos fabulosos presentes y unos arreglos florales inmensos y venía a visitarla brevemente con un gran séquito. Al principio, Barenziah recibía estas visitas de buen grado. Pero Tiber Septim dejó de frecuentarla por las noches y al tiempo ni siquiera ella quería que viniera.

Pasaron algunas semanas y cuando estuvo plenamente recuperada de cuerpo, Drelliane le informó que Symmachus había solicitado por escrito que regresara a Mournhold antes de lo previsto. Anunciaron su inmediata partida.

La esperaba una abultada comitiva, un amplio ajuar propio de una reina y una ceremonia de despedida impresionante e intrincada a las puertas de la ciudad imperial. Algunos sintieron que partiera y lo demostraron entre llanto y expresiones de lamento, mas otros nada demostraron y nada lamentaron.

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